sábado, 29 de octubre de 2011

LO SAGRADO, LO QUE NO Y EL CONSAGRAR

Las cosas “sagradas”

Nada parece ser tan claro como el término “sagrado” cuando se trata de dividir las aguas entre “este” mundo y “el otro”. Y nada resulta tan eficaz para provocar rechazo en ciertos oídos, por la imprecisión de su significado.

Qué cosa es este mundo no parece ser algo que necesite discusión. La evidencia que aportan nuestros sentidos no parece que pueda cuestionarse. Lo concreto es inamovible como punto de partida para todo. ¿Acaso el mundo no está sostenido por el suelo, por “tierra firme”? Desde esta posición que es una petición de principio, los materialistas rechazan la idea de lo sagrado.

Sin embargo, nos hablan de otro mundo. Y eso ¿qué es?

Si solo existe lo que es para mis sentidos, como pretenden los materialistas ¿de qué se está hablando? al hablar de otro mundo, de otro plano.

Desde tiempos inmemoriales se habla de las señales que lo Sagrado deja en este plano. Alguien dirá que hay templos (edificios), santuarios naturales (grutas, montañas, ríos y hasta piedras) que “son” sagrados.

Para el ojo ingenuo las “huellas sagradas” y el dios involucrado al que en cada caso se hace responsable de dejarlas, parecen ser una misma cosa.

Pero ¿qué pruebas tengo de la existencia de dios alguno? ¿Qué se ofrece a mis sentidos para dar crédito a semejante afirmación?

Ante tales fenómenos el incrédulo y el insensible podrán preguntar con justicia: esa materia, esas cosas, ¿son manifestación de otra cosa que no sea ellas mismas? Eso que dicen que manifiestan ¿no será una alucinación de los que lo dicen?

Veamos las nociones que manejamos.

Sabemos que lo Sagrado se ubica en lo Profundo. Siendo así, no está en la superficie.

En la superficie están las cosas.

Por tanto, si lo Sagrado radica en lo Profundo, las cosas que me rodean aquí en la superficie no son lo Sagrado. Del mismo modo, si “sagrado” es una cualidad de lo Profundo, las cosas no pueden ser sagradas.

Sin embargo, para la sensibilidad del creyente hay lugares y cosas de las que dice que son sagradas. Porque esas cosas lo rodean y participan de la vivencia que en ellos o con ellas se ha tenido. Vivencia de lo Sagrado, claro.

Si lo Sagrado está en lo Profundo, no será lo Sagrado lo que aflora sino que uno se “sumerge” en lo Sagrado. Y cuando eso sucede, las cosas quedan en la superficie de mi vivencia acompañando al cuerpo que queda a la espera de mi “regreso” de esa experiencia de lo Profundo.

De modo que las preguntas serían:

¿Es que las cosas se sacralizan porque uno participe con ellas de la vivencia de lo Sagrado? Y,  antes que eso ¿puede uno sacralizar algo?


El punto de partida

Lo Sagrado es indefinible, indescriptible, impensable. Solo es experiencia. Pura experiencia.
¿Qué quiere decir esto? Eso, que solo es experiencia.

Lo Sagrado no puede ser objeto. Porque es pura experiencia. Por eso no se puede definir, describir, pensar. Porque lo que es definible, descriptible, pensable, es objeto. “Está ahí”, como delante de uno. El que mira. Porque el objeto se puede definir, describir, pensar.

El que mira, no. Porque es el que mira: el que piensa, describe, define. Lo mirado es lo pensado, el objeto.

Otra vez ¿qué quiere decir esto de que lo Sagrado no puede ser objeto? Eso, que lo Sagrado solo puede ser experiencia, por eso no se puede experimentar. “Ser experiencia” es ser sujeto de experiencia. No puede ser experimentado, objeto de experiencia.

En la experiencia de lo Sagrado, no hay objeto que pueda ser experimentado. Porque soy yo el que cambia y conmigo, la experiencia. Aún cuando pueda sentir (no pensar) que “hay Algo ahí”, por delante, por arriba, desde adentro. Aún cuando esa Presencia se presente como separada y distinta, puede mantenerse como Presencia viva porque y mientras no la pienso.

Si la pienso, la estudio, describo; en suma, si la miro, la congelo. Mi pensar es como la mano del rey Midas: cosifica lo que toca. Al convertirlo en representación tiende a la etiqueta, lo priva de espontaneidad. Que eso es la manifestación de la Presencia. Que Ella haga lo que quiera.

De modo que en esa experiencia, mi mirada tiene que ser de una activa pasividad, un constante replegar la representación para liberar la sensación. Un disponerme a recibir la Presencia y no interferir con ella.

El Umbral, entonces, radica en mi actividad, en mi activa recepción de la experiencia sin juicio, sin representación.

Mientras hay objeto, mientras siento algo y puedo pensarlo, describirlo, etiquetarlo, no he sido incorporado a la región de lo Sagrado. Estoy todavía en la región de las diferencias, de lo dividido, de lo separado, de la fragmentación.

Cuando traspongo el umbral y me incorpora la región de lo Sagrado, no hay división ni diferencias. Pero sí, por sí misma, esa región de experiencia es diferente. Es LA diferencia. Porque la integración a Todo modifica radicalmente mi modo habitual de sentir. Mi sentir habitual se basa en la diferencia, en la discriminación, en la discontinuidad, en la fragmentación. En yo y lo que no soy yo.

¿Es que no siento, entonces, en esa experiencia? La diferencia radica en que en ese sentir no siento separado, como siento un objeto.
El objeto se presenta por sí mismo separado, fragmentado. Se recorta sobre un fondo. Es figura.

Y esa figura absorbe mi vivencia de mí en tanto la actualizo, en tanto hago con el objeto. En ese hacer, siento que desaparezco y queda solo el objeto ocupando mi atención.

Al sentir lo Sagrado puedo tener tiempo de sentir que Es. Pero no desaparezco, no siento que lo Sagrado me ocupa la atención. Está lo Sagrado pero también me siento. Y esa tensión generada por mi activa sensibilidad, mi activa recepción de Lo que está ahí, se resuelve en mi fusión con lo Sagrado.

Entonces, siento de un modo integrado. Me siento parte de un continuo o mejor, siento que no soy parte. Siento que soy un Todo que no me diferencia y del que no me diferencio y en el que no hay diferencias. Al sentir que esta ínfima diferencia que soy se desvanece en la Presencia de Todo y que ese sentir la Presencia absorbe la separación, cambia mi experiencia de un modo radical.

Esa experiencia es Presencia. Es de una evidencia que no puedo cuestionar porque no deja lugar para la duda. Esa evidencia me da certeza.

Al no dejar lugar a dudas, esa experiencia se convierte en referencia de lo que ES, de lo que Sí, de la Verdad.

Todo lo que pueda decir intentando describirla no se aproxima siquiera a la Fuerza de esa Evidencia. Así, todo con mayúsculas, porque el lenguaje no alcanza para describir y destacar la afirmación de esa experiencia.

Una vez que se tiene, ya no hay lugar para la duda.

De modo que lo Sagrado es el Sí incuestionable de la Vida.


Lo que no

Una vez que se tuvo esa experiencia, toda otra experiencia por intensa o interesante que fuera, es lo que no es ese Si.

Por tanto, todo el resto es lo que no.

Es no frente a ese Si.

Por bellas que sean las diferencias son eso, diferencias.

Fragmentos.

Discontinuidad.

Cerrazón.

Muerte.

Siempre que haya objeto hay No.

Siempre que hay separación hay No.

Siempre que hay yo frente a lo otro.

Pero eso otro no es la negación de yo, que es teórica, el no-yo. En este caso es la negación de esa experiencia.


El consagrar

Una vez que tuve experiencia de lo Sagrado, existe la posibilidad de saltar el abismo, de salvar las diferencias, de tender puentes entre las separaciones, de unir los fragmentos. Una vez que se sabe el Si, se puede montar una mirada integradora por sobre el No.

Aún desde la diferencia que soy, cuando menos puedo evocar esa experiencia de integración y superar el No. Puedo traer el Si a este plano de continuas negaciones y convertirlas en puentes hacia la eternidad.

Puedo salvar mi diferencia y convertirme en puente para el mundo. Hacia su posibilidad trascendente. Que es la mía.

No puedo volver sagrado el mundo. Porque él no puede. Su “ser superficie” por naturaleza es profano. Pero puedo involucrar al mundo con mi experiencia de lo Sagrado.

Puedo consagrarlo.


El Pedido

El modo más práctico de consagración que tenemos a la mano es el Pedido. Yo estoy acostumbrado a verlo como una utilísima herramienta para resolver problemas (míos y de otros). Por tanto, el punto de vista que carga mi visión del Pedido es la necesidad y, resalto, la mía.

El emplazamiento desde el que concibo el Pedido es éste que ocupo frente a la majestad de lo Sagrado. Desde mi impotencia, o mi poca potencia, o mi ceguera o confusión, desde mi limitación. Desde esta diferencia que me separa de Todo. Y puede abrir un abismo ante mí.

Cuando pido, entonces, lo hago desde esa limitación. Y, a veces, desde esa conciencia de limitación. Aquello que mana de mi corazón cuando conecto con Aquello a Lo que pido, me pone en otra “frecuencia”. Modifica mi estado interno. Un hálito de lo Sagrado se difunde desde allí y me transforma. Cuando menos, por unos instantes.

Así, consagro esa realidad para mí ingobernable. La abro a su posibilidad y así, abro el mundo a su posibilidad.

Tratándose de situaciones humanas está en ellas la posibilidad de lo Sagrado. Muchas veces veladas por la confusión del dolor, o por el escepticismo. Esa humanidad está prisionera en la superficie, en la zona de fricción con las otras realidades y no puede abrirse a su posibilidad. En principio, porque no puede verla o concebirla.

Mi Pedido convoca esa posibilidad para lo Sagrado que habita en ella al conectar con lo Sagrado que habita en mí. Y si esa humanidad está haciendo lo suyo, pues entonces, la refuerzo, reforzamos la Presencia en cada conciencia y abrimos el mundo.

El pensar consagratorio

¿Qué diferencia hay entre Pedir y pensar? ¿Acaso no pienso cuando pido?

¿Es pensar solo la actividad de relacionar y calcular? El querer y el sentir ¿no serán parte del pensar,? Esto es, en términos de nuestros Aforismos (las reglas que deberíamos tener en cuenta al pensar), un pensar con peso vivencial, con intensidad sensible, con fuerza y con fe. Un pensar que no es mero divagar imaginario o abstracta representación.

¿Qué hace el pensar? En su aspecto imaginario, modifica lo percibido. Puede ver su posibilidad. Por tanto, anticipa.

De modo que pensar es anticipar. Y así, en términos de los Aforismos, es preparar. No solo preparar la acción. En términos de Pedido, es preparar lo que quiero que suceda. Anticipar es preparar cómo quiero que se dé el futuro. Si no se qué quiero ¿cómo puedo orientar mi vida?

Y si ese pensar anticipatorio tiene fuerza y le pongo fe ¿es acaso un mero pensar de este plano? ¿No estoy ya preparando el umbral de lo Profundo?

Si anticipo la posibilidad del mundo mediante el pensamiento, y siento eso que anticipo, estoy modificando mi estado interno. Es más, esa modificación de mi estado interno es ya modificación del mundo que soy.

Pero ese anticipatorio “moldear el mundo” no es una mera actividad de mi cabeza. Allí ya están operando en conjunto mi cabeza y mi corazón. Y ese estado interno de actividad integrada no sólo abre la posibilidad del mundo. Está actualizando mi propia posibilidad.

Al dejar el pensar mecánico, divagatorio, de mera respuesta al estímulo, paso de una actitud pasiva a una actitud activa. De ser afectado, movido, actuado por el mundo, paso a ver cómo quiero que sea.

Esa integración de mi cabeza con mi corazón, de ver posibilidades y seleccionar cuál y cómo la quiero, y de quererla con fuerza hasta darle la certeza de la fe, esa actividad interna me pone "al mando" de mi vida.

Pero ese posicionarme frente a mi vida, me emplaza más profundo en relación a mí mismo. Allí aparece la ubicación posible del punto de mira que permite observar el mundo y a mí mismo.

Ese punto donde, por percibirlo con claridad y distinción, el conjunto de fenómenos que llamo “el yo” queda en descubierto y se muestra con su limitación y su posibilidad.

Y yo quedo como “más adentro” en una posición panorámica donde lo interno pierde su fondo.

Quizás me ubico en el punto que me corresponde: un atalaya que articula lo infinito o no-formado-aún con lo formado, lo finito, lo concreto.

Allí lo Profundo se devela como tal: profundo e insondable. Es un vacío de formas lleno de Presencia.

Una Presencia que me absorbe y llena de Sentido.

Una sensación plenaria de que no siendo, Soy.

Pensar desde ahí no es lo habitual. Pensar desde ahí, anticipar la realidad, es Creación.

Ese pensar, por sí mismo, es consagrar.


Diversidad aleatoria y mundo consagrado

Jamás podré hacer del mundo algo sagrado porque no sería lo Sagrado ni sería el mundo.

El ser del mundo se basa en la negación y lo Sagrado es Afirmación.

El mundo necesita la finitud de la forma, el ser “lo que” de lo que cada cosa es. Y lo Sagrado ES, no importa a través de qué, porque anida en lo profundo de cada forma. Es la no-forma que posibilita las formas y en su integración, moviliza el conjunto hacia su posibilidad.

El mundo es una diversidad multiplicativa de formas aleatorias. El mundo librado a sus fuerzas es azar. Y el devenir de sus formas es azaroso.

Lo que es, es resultado de una combinatoria misteriosa para la que es probable que nunca se halle suficiente explicación. Supuesto el caso de que la necesite.

Y yo, con-formado en la experiencia de esas formas aleatorias, participo de su “naturaleza”.

Estoy conformado por una multiplicidad de unidades coordinadoras de respuesta unificadas en una dinámica en la que unas desplazan a otras bajo el influjo mecánico del aleatorio predominio situacional. Según sea el estímulo predominante será el “yo” que responda pero, también aleatoriamente, según sea el “yo” vigente será la franja privilegiada que perciba del mundo y a la que responda.

De modo que no solo el mundo me niega. Yo me niego a mí mismo. Yo me trabo o habilito. Y yo trabo o habilito al mundo. De modo que el mundo y yo (¿qué mundo y cuál yo?) allí vamos. Sometidos al azar.

Las formas del mundo, como me está dado, son aleatorias. Son infinitas sus variaciones y su combinación, y es para mí un misterio su devenir. Cuando estoy en mi actitud natural, espontánea.

Pero yo puedo convertir las formas del mundo en señal del camino hacia lo Sagrado. No importa su frecuencia, la conexión con lo Profundo a través de mi forma puede traer un nuevo Sentido al mundo.

Desde mi experiencia con lo Sagrado, desde mi saberme Todo aún siendo esta parte que afirma sus pies en el mundo de las diferencias, puedo consagrar el mundo.

A través del puente de mi experiencia puedo convertir el horizonte en umbral y abrir las puertas de lo infinito.

                                                  Buenos Aires, diciembre 20 de 2007/abril 1 de 2008